Las fronteras del pensamiento
Argentina Casanova Mendoza
Históricamente nuestra América como la conocemos hoy, debe su formación política y económica en gran medida a eventos que circunstancialmente interrumpieron el desarrollo natural de dos grandes civilizaciones pre-hispánicas como fueron la mesoamericana y la andina; ambas con características sociopolíticas y económicas que en el siglo XVI se insertaron a la economía mundial en un primer proceso globalizador real, bajo un esquema predispuesto por la colonia española.
Tras la conquista vino también para América la necesidad de continuar con el desarrollo pero ya bajo un esquema regulado por el exterior en función del mercado y las exigencias internacionales, de Mesoamerica y la región de los Andes quedó la base para el desarrollo de nuevas naciones que dieron pauta a la América latina, la hispánica; también de ese proceso de colonización surgió de la región menos desarrollada culturalmente en Aridoamérica un país que se formó con características particularmente semejantes a las colonias inglesas por el exterminio definitivo de los grupos nativos, a diferencia del reto de América donde sí hubo mestizaje.
Este breve antecedente de l origen de nuestros países revela ya una razón de diferencia entre las naciones de habla hispana y las colonias portuguesas y francesas en el resto del continente
A los latinoamericanos nos ha costado casi cinco siglos llegar a identificar claramente lo que es el pensamiento de nuestras civilizaciones, a tener premisas claras de cómo se concibe la razón del ser desde la óptica de los pueblos nacidos del mestizaje con España, pero con una clara y obvia herencia ligada a nuestra nación Mesoamericana que abarca todos los grupos que se desarrollaron en la región.
Esa dificultad hoy la afrontan los chicanos, hijos de latinos que viven en lo que geográficamente se conoce como los Estados Unidos de Norteamérica, en una franja importante de tierra que era parte de México y donde hoy vive la mayoría de los inmigrantes, pero con seguridad la definición de su pensamiento e ideas se va haciendo más clara a través de los canales que lo hicieron los propios latinoamericanos como fueron la poesía, la novela, el ensayo y el diarismo.
El pensamiento de los americanos, incluyendo a los que no son hispanos, no se expresa a través del pensamiento filosófico con los parámetros occidentales por eso recurre a otras formas que permiten al mismo tiempo incorporar esa semántica particular influenciada por las lenguas indígenas que reflejan un poco de esa cosmovisión de nuestros antepasados. Todo eso contribuye a hacer lo que hoy somos, quizá por eso tenemos una enorme contradicción y diferencia con la nación vecina. Quizá por ello hay una concepción antiimperialista entre algunos latinos que saben suya América. Quizá por eso la frontera aún con un muro levantado por el poderío económico de la vecina nación no podrá dividir a este continente hasta donde los latinoamericanos podamos poblar.
La única frontera real que existe es la del pensamiento esa diferencia que hay entre cómo concebimos la realidad nosotros y cómo la conciben detrás de la línea divisorio que geopolíticamente demarca dónde empieza un país y dónde termina el nuestro. Lo cierto es que los americanos, los herederos de los pueblos conquistados tenemos una particular forma de concebir la realidad muy asociada a nuestra forma de vivir, de hablar, de vestir, de movernos, de asociarnos, de escribir y de hablar, por eso las familias aquí son de una forma y allá son de otra, la política se hace de otra forma y quizá de ahí se esa ontología del ser latinoamericano se desprende la máxima juarista de que “Entre los hombres como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, y eso ha servido para que nuestro país, México esa mezcla de lo Mesoamericano con lo hispánico, sea una nación que no se involucra ni opina en lo que otros países hacen –bueno hasta que llegó Fox a hablar y a opinar a diestra y siniestra sin el menor empacho de la política internacional.
Pero en Estados Unidos de Norteamérica la visión imperialista de algunos gobernantes de esa nación les ha hecho creer a sus ciudadanos que pueden influir o determinar sobre la paz mundial, por eso ellos llegan a tocarlo todo con una “varita mágica” para intervenir en los asuntos de cualquier nación de Europa del Este, del Medio Oriente o de América Latina.
Por eso abrimos el periódico y nos encontramos a la Casa Blanca y a los periódicos de ese país opinando que Andrés Manuel López Obrador debe terminar con sus protestas, y eso me hace reflexionar. ¿Es que acaso toda la antigüedad de la nación de la que provenimos no nos concede el privilegio de decidir a los mexicanos sobre lo que queremos y lo que pasa en nuestro país? y debe venir un periódico extranjero a decirnos qué es lo mejor que puede pasar en estos momentos.
Tal vez parezca que una cosa no tiene que ver con la otra, pero sí, lo que aquí trato es de probarme en la palabra. que los mexicanos somos muy diferentes a los vecinos del Norte, sí, porque el nuestro es un país de historia y de pensamiento definido distinto a cómo ellos pueden concebir la propia razón de ser, pero nadie puede negarle a los mexicanos que su pensamiento no viene de una colonia fundada sobre una tierra minada en sangre de sus indios exterminados, la nuestra es la historia de una nación que ha sabido lidiar con los disensos, con las diferencias que son a la vez base fundamental de la identidad, porque esa fragmentación aparente que había en Mesoamerica con pequeños pueblos confrontados o con un sistema político militar de dominación sobre otros era parte de una forma de ser que se adaptó y permeó con lo que nos dio España, porque creer que somos exclusivamente lo Hispano, o que eso solamente es lo que nos rige, es negar nuestro ser americano, nuestro ser indio.
